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Andar

junio 30, 2011

Icaromenipo, no hay que comentar.

Bienvenido:

http://icaromenipo.wordpress.com/

 

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Despedida: La vida subterránea estaba sobre nuestras cabezas

diciembre 7, 2010

El universo es extraño: no sé en qué momento vi reflejos en él que llamaron mi atención.

Recuerdo algunas noches en el desierto junto a la vía láctea, los bosques del sur con sus nebulosas o las estrellas fugaces en la cordillera. Creo que fue una infancia estelar.

Tenía un trasbordador a fricción que le faltaba una rueda (era una falla en el trasbordador) y que sólo podía planear aterrizando estrellado.

Muchos dibujos de cohetes y estrellas luminosas en el techo de mi cuarto.

Una mirada que buscaba figuras titilantes.

Una mente que recordaba historias inverosímiles sobre el origen de las estrellas, como la del hombre que escapaba de un oso y que lograba evitar el ataque subiendo a un monte del cual, sin embargo, no podía bajar porque el oso feroz aguardaba por él en la ladera. Hasta que el tiempo pasó y el hombre apresado por su miedo se transformó en una estrella: en la osa mayor.

O la historia sobre la caja de estrellas de la cual nacían las criaturas y que tan sólo hace un tiempo supe que en realidad eran las pléyades.

Cierta noche esperé una lluvia de meteoritos en vano: la ciudad censura la luminosidad de los astros.

La nave espacial que construimos en los bloques de Miguel Claro llevaba ampolletas amarillas en su delantera.

Lo cierto, no obstante, es que en el mundo quedan pocos lugares realmente oscuros, lugares donde el cielo nocturno se desnuda para mostrar sus verdaderas vestimentas: esa desnudez límpida y celeste que sólo se puede encontrar en lo profundo del océano.

Siempre he creído que el cielo y el mar se unen detrás del horizonte, como dos universos paralelos que se reflejan entre sí.

Como un avión

La vida subterránea, entonces, estaba sobre nuestras cabezas: los ríos eran de meteoritos y las vertientes no eran sino nebulosas. Pero el núcleo del movimiento no estaba al centro, sino en los confines, en los bordes infinitos que se expanden, confusos y difusos, llenos de energía y de colores. Brillando: hacia allá marchaba todo. De eso trataba la juventud.

La vida subterránea no podía estar debajo de los pies, no podía ser descubierta con tan sólo excavar. La tierra no era necesaria para echar raíces: allá donde uno creía que no había nada, en esos campos sin dueños, resultó ser el mejor lugar para que las semillas crecieran.

La vida puede ser firme en el firmamento: en la alegría de los amaneceres, en la templanza de los atardeceres. El ritmo vital de las corrientes atmosféricas es el de la tranquilidad.

Estrellarse

Llegué a creer que todo era biosfera, que todo cantaba: desde el cotidiano zorzal hasta los lejanos pulsares del espacio sideral.

Que había un universo adentro, uno oceánico y profundo. Que la vida era navegar.

Nubes que salían del planeta. Vientos sin gravedad que recorrían las galaxias. La vida también insistía, insiste, en expandirse a los tormentos astronáuticos, para morir en la última curiosidad, para vivir con los ojos perdidos y sin orbita alguna.

Aunque desde acá, desde esta vida atenta a los árboles, sólo se viva aspirando a las bellezas supralunares, se reconoce que la cima de las montañas es el lugar más cercano al cielo, que el mar enseña, que las estrellas invitan, que en los ríos también se puede flotar, que los minerales del universo están impregnados en la piel.

La órbita

Hace unos meses escribí la cuarta despedida para este espacio virtual, espacio sin aroma y demasiado inmediato. No fue publicada, al igual que las anteriores.

Ahora, por fin, comprendo que acá no hay mucho que decir, que lo mejor es ir a mirar la plataforma de despegue, poner atención y estudiar a los pájaros, peces y frutas.

En los incendios del alma, hay cosas que se queman inevitablemente: le prendo fuego a esta bitácora virtual, aunque no sea inflamable y sus palabras no tengan la misma combustión de una libreta.

Escribiré con la pausa, con la vieja pluma y las manos entintadas.

Porque despedirme de este lugar no es despedirme: me voy sin mudarme, sólo caminaré. Decisión necesaria para avanzar junto a los pasos de estas hojas sueltas y estas pequeñas libretas que viven junto a mí.

No me despido de las palabras. Creo saber porque mis manos se mueven, porque el pensamiento se inquieta. Jean-Marie Guyau lo cantó: ¡Todo lo que nace en mí tiende a volar!

Adiós Anarchisto.

"Adiós lagartijas y dinosaurios, debo ir a buscar otros soles"

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Icaromenipo (o esbozos para una astronáutica anarquista)

noviembre 30, 2010

Menipo de Gádara y su invento dedálico se están desatando dentro de mí: las alas del viejo esclavo Sirio [aquel cínico que escribió libros sobre la inutilidad de la filosofía], me están exigiendo proezas aéreas, vida subterránea sobre las nubes para lanzar semillas.

Vuelo radical, total desprendimiento de la vieja estructura, aspiración innegable hacia otra vida. Luciano de Samosata lo escribe así:

Una vez que, ultimado el entrenamiento, había alcanzado la perfección en altos vuelos, ya no aspiraba a cruceros de polluelo, sino que ascendí al Olimpo y, con las provisiones más ligeras que pude, me lancé finalmente rumbo al cielo, sintiendo al principio vértigo por la altura, mas luego lo soportaba ya fácilmente. [Icaromenipo, 11]

Esta exigencia es la misma que en los párrafos de la moral anarquista de Kropotkin se lanza a las corrientes atmosféricas, dispersándose, como las semillas en la tierra, en la vida misma que todo lo cubre, que se oculta bajo ella y que viaja a través del aire que envuelve la tierra, para impulsarse más allá de sus límites, rebosante, viva:

En su existencia, en la lucha contra los monstruos poderosos, encuentra sus mayores goces. Todo lo demás, a excepción de esta lucha, los mezquinos disfrutes del burgués y sus escasas miserias, ¡le parecen tan mezquinas, tan fastidiosas, tan tristes! – ¡No viven, vegetan! respondería ella –; ¡pero yo he vivido!

Y Diego Abad de Santillán se vestirá de astronauta, tripulante de la gran nave libertaria que ha viajado a lo largo de los tiempos, y cantará:

Un anarquista es esa criatura humana incesantemente atormentada por una idea de infinito en arte, en ciencia, en filosofía (…) ese explorador atrevido de rumbos nuevos.

La astronáutica anarquista, desde aquel viaje estelar narrado por Luciano de Samosata hace casi dos siglos, en el cual Menipo trató de alzar la mirada y contemplar el universo, insita a la expansión de la vida cotidianamente, como sujeto que vive desamarrado de la nave en los ritmos infinitos y anónimos del espacio exterior. La vida del navegante cósmico, que se reconoce observando y se descubre estando perdido, es también un desafío a la exploración sin datos previos, al derrumbe de las verdades.

Odisea ácrata que no necesita posicionarse dentro de un escenario, porque sabe que el primer paso es contemplar, entender, conocer, interpretar, como en aquel fructífero reposo de la tierra del cual hablaba el astronauta Elíseo Reclus.

 

La luna en Siberia

Bakunin en la luna, Enero de 1868.

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Árboles

noviembre 22, 2010

Cierta verdad se asomaba por la tarde: la vida debajo de los árboles es hermosa. Hasta los árboles más espesos dejan ver el cielo a través de sus hojas.

Canté por unos momentos mis observaciones botánicas, mis deducciones del silencio, mis impresiones sobre el lenguaje de las cosas. Dejé, entonces, de pensar en el contenido de dicha verdad y pensé en la verdad misma: ¿Qué hacia yo pensando en el movimiento de las hojas? ¿Qué tenían las articulaciones de los pétalos? ¿Será que todo lo que existe fuera de ello me parece fútil? Había aprendido a alimentarme del viento.

Mimetizado en mi alimentación: extraña figura de corriente atmosférica que sale de la tierra. Viento espacial, corriente sideral. El universo se expande y todo se sigue alejando.

Me pareció que esto escondía la vida debajo de los árboles.

Desayuno, almuerzo, once

 

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La Plataforma y los Peces

noviembre 11, 2010

1. ¿Qué era aquello que brillaba en los confines del universo? La vida subterránea se me figura más bella en el espacio sideral: oculta en la inmensidad, perdida entre las inexistentes rutas oceánicas.

2. Joven que duerme mirando el cielo. Piensa que algo hay en él: contemplación necesaria, que corre el peligro de ser demasiado extensa debido a la belleza que nos enfrentan los cuerpos siderales.

3. ¿Qué palpita dentro de la cabeza? ¿Qué golpea dentro de uno? Wacquez parece responder:

era un fruto que se gastaba entre los hombres, que hablaba de respirar, de moverse, de gustar el sol y la arena quemante.

4. Resolví que era un problema de la plataforma de despegue: averiada, sin construir, abandonada, oxidada. Ahora la veo. Reconozco que no trabajé en ella, que todos estos años mi atención se fijó en la tierra y que mi cuerpo, ni siquiera, se había empapado de sus aromas.

5. No me había empapado, seguía con el mismo impermeable que perdí hace tantos años en Valparaíso, ese azul que era cortaviento también. Pensé, entonces, en los peces: los peces antárticos.

6. Sería bello, imaginé por un momento, verlos nadar a través del espacio, llevarlos conmigo en la nave a volar junto a los pájaros. Pero no, al igual que las aves, los peces reclamaban, simplemente, ser observados o, por lo menos, pensados por un momento, no omitidos de las fotografías ni olvidados por su ocultamiento.

7. En el polo sur, el continente antártico, también hay vida: los peces de la familia Chaenichthydae, que reúne varias especies, son capaces de vivir debajo de las capas de hielo, sumergidos totalmente en las frías corrientes del polo.

8. Peces, pájaros acuáticos, inmersos en el agua, incorporados en el frío, olvidados de respirar: entregados totalmente, sin aire, sin sol. Pero empapados del perfume salado del mar y del frío polar.

9. Miro las herramientas, la plataforma oxidada y las fotografías del espacio, los pájaros y los peces. Y me veo a mí, sentado junto a las plantas y el río, distante, con el traje de astronauta colgado en un árbol. La flor, recuerdo, ha muerto nuevamente: no hay aroma que me toque en este lugar.

10. Si he de construir esta plataforma de despegue, concluyo, será con semillas: tonalidades del aire que crecerán con trabajo y poco a poco, con la calma y la inquietud. No imagino otra forma de empaparme.

 

Los peces son de colores

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Aves y Astronautas

noviembre 4, 2010

1. No había pensado en que los pájaros se asustaban con la propulsión, que el impulso que empuja los cuerpos hacia la órbita celeste hace que emprendan presurosos el vuelo.

2. Cuando el STS-7 ascendió al espacio exterior, los pájaros del Cabo Cañaveral se asustaron con el retumbar del fuego: uno que va de viaje a las estrellas y el otro que escapa.

3. Asunto de tiempo quizás: uno puede pensar en las largas y hermosas migraciones de las aves, que buscan climas más propicios para la vida, para la vida voladora en constante movimiento, o aspirar a estar en ocho minutos con cincuenta segundos en el vacío del espacio sideral, sin gravedad, sin aire, preparado para soltarse de la nave.

4. Se configuran dos opciones, igual de bellas: las aves, como vida a lo largo de la tierra, o la astronáutica, como vida fuera de la tierra. Ambas se unen en que son vidas que desprenden sus pies, pero no se juntan en cuanto que los pájaros se asustan con los lanzamientos.

5. Noches atrás, mientras miraba las pocas estrellas de esta ciudad, creí que existía la posibilidad de un pájaro espacial, capaz de extender sus alas en el vacío y volar infinitas distancias a través de los astros. Mejor aún, un pájaro gigante para subirme a su lomo y deambular junto a él por los confines del universo, totalmente perdidos. No obstante, recordé la fragilidad de sus climas, de su instinto de viaje hacia donde el sol y el viento abrazan la vida y los huevos que tanto cuidan ellos. Hice, entonces, los estudios correspondientes y los resultados fueron negativos: en la órbita del planeta tierra, nuestra primera estación, las temperaturas pueden llegar a ser de 108°C si se expone uno a los rayos del sol o -200°C en la oscuridad absoluta del sol oculto tras el manto terrestre.

6. Ahora vivo insistiendo en dicha conjunción: no quiero que los pájaros se asusten, quiero ir con ellos al espacio. La migración más radical de la vida: «a lo largo del espacio» dirán, en este caso, las aves. «Fuera del espacio» propondrán, ahora, los astronautas «¿Hasta dónde llegar? ¿Cuándo empezar? », pensaré yo.

7. La tripulación que por fin comprendió los ritmos del vuelo gracias a los pájaros: que el espacio también está para salir en busca de climas propicios para la vida, para la tranquilidad de las incertidumbres.

Odisea de un Astronauta

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La Bicicleta y los arándanos

octubre 25, 2010

1. Mi bicicleta también tiene lenguaje: expresa cosas, retrata pedazos de aquello que nos acontece a ambos, reclama por sus constantes abandonos.

2. Cuando la compré, hace tres años, tenía un canasto en su delantera: un canasto viejo, amarrado con un alambre al manubrio y abollado en gran parte de su superficie. En aquel entonces, yo no supe para qué servía dicho canasto y sólo dos años más tarde opté por sacarlo.

Hace tan sólo unos días, mientras recordaba los viejos trayectos en calle Almagro, entendí lo que mi bicicleta quería decir: su canasto abollado pretendía llamar mi atención para que fuera con ella a recoger arándanos, nada mejor para aquellos días y hermosa metáfora para entender hoy.

3. Andar en bicicleta, en las noches frías para cantar o en las mañanas de sol para desayunar, era una invitación para salir a recolectar arándanos y quedar con las manos azuladas, extendidas completamente hacia el sol, impregnándose el color de las frutas.

4. Mi bicicleta es azul y si fuera un poco más oscura, sería azul como un arándano. Ella, imagino, aspira a eso, a pesar de que yo arranqué su canasto. Porque en estos años, que ha viajado junto a mi, me ha explicado que, si bien ella está un poco vieja y oxidada, aún vive lo suficiente como para subir a la montaña en busca de los arándanos, donde crecen silvestres y en climas fríos, exigiendo, dado que son incapaces de absorber la humedad, que el agua llegue a sus raíces: la vida un poco más firme.

5. Este invierno, afuera de casa se llenó de orugas, que subían hacia el cielo y morían en el intento. Nunca vi una mariposa. No obstante, las orugas gustan formar sus tiendas de seda en las hojas del arándano y yo, que nunca coseché y me deshice del canasto, no les tenía ninguno.

6. La bicicleta, que aún vive contemplando a este joven que pide velocidad con rulos aireados, insiste, como si ella fuera una gran anarquista, en que yo comprenda, a través de sus crujidos, el lenguaje de los arándanos y el tiempo: tras haber adquirido el color azul, su dulzura tarda diez días en llegar, momento en el cual el fruto se ablanda. El arbusto, que crece con lentitud y demora ocho años en dar una cosecha completa, debe ser sacudido suavemente: aquellos arándanos que estén listos, caerán por sí solos, mientras que aquellos que no maduran aún, resistirán.

7. El arándano debe ser cultivado en un lugar aireado: hay momentos en que adquiero mucha velocidad sobre mi bicicleta y mis rulos, a quienes libero, quedan aireados, moldeados por el viento y separados entre sí. Pensé que, quizás, mi cabeza sea un buen lugar para sembrar arándanos. Ya lo veré.

8. La semilla del arándano se adhiere dichosa a la tierra, y, sin embargo, no se apresura en crecer. Sus primeros brotes, su búsqueda del sol carece de ansiedad alguna. Se extiende con lentitud, para que sus frutos crezcan silvestres en el frío y, dulces y azulados, caigan sacudidos por el viento cuando su abismo sea inevitable.

La dictadura de la belleza

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Formas de despegue

octubre 18, 2010

1. La libreta astronómica, único telescopio que traigo conmigo, tiene figuras y planes que desarrollan las formas en que iniciaré el despegue. A través de ella miro la bóveda estrellada, me pregunto por su extensión y las posibilidades de habitar en alguna casa abandonada que se encuentre entre los soles distantes. Estudio las distancias, abismales para mi entendimiento, y determino el modo en que enfrentaré las adversidades del espacio sideral. Uno de mis manuales de astronáutica señala respecto a los viajes cósmicos lo siguiente:

«El estudio de los efectos de las radiaciones de los rayos cósmicos primarios en regiones totalmente fuera de la atmósfera, con exposición de varios días, resultará de valor fundamental, inapreciable, para investigaciones de radiobiología y el ulterior desarrollo del vuelo en el espacio sin aire.» [Astronáutica, Ernesto Mayer. Ed. Universitaria, 1956, p.88]

O mi cuerpo siempre ha sido apto para vivir entre los astros o tengo que comenzar a entrenar, girando desprendido constantemente, para poder realizar el despegue.

2. Quizás siempre he vivido en regiones totalmente fuera de la atmósfera.

3. Mi telescopio, por lo tanto, desglosa, someramente, el lenguaje oculto del espacio, el más silencioso de todos, el de palabras desbordadas e imágenes difusas.

4. A veces, desde mi ventana, extiendo los abrazos hacia el cielo, en forma de astrolabio, para medir la altura de los astros. Anoto coordenadas, posicionamiento de ciertos planetas y trato de expresar mi lejanía.

5. En mi bolsillo de astronauta llevaré semillas de eneldo, ligeramente soporíferas. Le colocaré un casco a mi flor y dejaré que se vaya.

6. Por el momento, tengo un extraño mapa guardado en el pantalón, un telescopio de papeles, una flor solar, una ventana grande, una caja, una libreta pequeña y la insistencia, sobre todo la insistencia, de las regiones totalmente fuera de la atmósfera.

Falla en el transbordador

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Las frambuesas

octubre 13, 2010

[Me he esmerado durante estos días, en mi mente y en mi libreta, en comprender, aunque sea un poco, el lenguaje de las cosas: la enseñanza de las frutas, la armonía de aromas y sabores en el té, y mi flor, que nace y muere constantemente, a la espera de transformarse en árbol. Se trataría, quizás, de entender al silencio mismo, el de uno y el de los demás, la pausa, lo que se oculta en cada palabra, lo que dice entrelíneas. La libreta, a pesar de todo, tiene algo de razón: nunca se dice mucho y lo que se dice, se dice mal.]

I. La cercanía a la frambuesa un tanto burda pero amable: a través de un helado ácido con toques de menta, de una mermelada sabrosa o de un caramelo que aspira al engaño. Cuando hay pepas, éstas deben quedar estancadas en algún diente, para recordar, durante el tiempo que sea posible, que se disfrutó del sabor de la frambuesa. El trabajo de la lengua, de cierto dedo que se aventura a increpar a la pepa, es hacernos desesperar. Hay que vivir en paz con dichos accidentes.

II. La frambuesa, que crece en el frambueso, soporta el abandono y es resistente: estoicismo frutal, que se acentúa más aún si se sigue la línea de Cleantes, el discípulo de Zenón, de la cual se tiene noticia gracias a Aecio:

«Cleantes [sostiene] que el sol es una antorcha racional que [procede] del mar.» [Aecio, II 20, 4 DDG, p. 349 b]

Los frambuesos, en efecto, gustan del sol, pero crecen, también, en lugares umbríos: en la oscuridad del fondo marino o escondidos en algún bosque denso, su florecimiento será  inevitable. El sol, entonces, es como una frambuesa, o viceversa.

III. A veces, la belleza de una fruta está en los riesgos que corre durante su crecimiento y en el tiempo que es capaz de esperar para ser arrancada o comida por un pájaro. Con el frambueso, por ejemplo, no se puede permitir que el primer año dé frutos: hay que arrancar sus flores, evitar la fructificación, pues de lo contrario la planta se debilitará. Se trata de una rosácea que, una vez que da frutos, es un tanto frágil. Quizás su desnudez, sus colores que ya no están, el sabor que crecía entre sus ramas, provoca cierta sensación de distancia que opaca su viaje hacia el sol. El frambueso, en este sentido, es perenne: las ramas que dan frutos mueren al año siguiente. Requieren ser cortadas para dar vida a las ramas recién nacidas, que darán frutos el próximo año y, luego, morirán. En tanto, se intentará seguir creciendo, seguir viajando hacia el astro solar.

IV. Henry David Thoreau, durante aquellos días en que se mimetizaba entre los bosques y los ríos, observó, con detención y delicadeza, los retoños de un frambueso:

«Veo en el camino algunos retoños de frambuesa negra cubiertos muy espesamente con esa peculiar pelusilla blanca. Están rosados únicamente en unos pocos lugares de su corteza purpúrea, quizá por el paso de algún podenco. Seguramente es un vestido externo muy singular y delicado para que lo lleve una planta. Descubro que puedo escribir en él mi nombre con un palo aguzado de manera muy clara y que cada rasgo, por fino que sea, se convierte en púrpura.» [Citado en El pensamiento vivo de Thoreau, Theodore Dreiser. Losada: Bs. As. Trad. Luis Echávarri. p. 36]

V. Yo no sé. No valdría la pena dejar mi nombre escrito. Estoy más preocupado en entender un poco mejor las cosas: el vestido de la frambuesa, su viaje al sol y su abandono, su estoicismo y su fragilidad, que no se oponen, extrañamente no se oponen.

Ir en busca de las frambuesas

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Hombre Azahar

octubre 1, 2010

1. Hace unos años atrás: la caja metálica de té, las noches mezclando bolsitas de distintos sabores, la predilección por la menta.

2. Colgar las cáscaras de naranja para disfrutar de su aroma: subirse al naranjo del patio, pincharse, cosechar el fruto que cada año muere un poco más.

3. Había cortado una pequeña naranja en rebanadas para que se secaran y hacer una suerte de decoración. Dejarlas al sol, olvidarse de ellas, acordarse tiempo después e ir a buscarlas. Encontrarse con la sorpresa de que no están y deducir que se la comieron los pájaros, al igual que los nísperos y los damascos.

4. La naranja se puede compartir sin ningún problema, salvo que el número de gajos sea impar.

5. Lo más importante es que la naranja sabe esperar: puede estar colgada en el árbol durante seis meses y no menguar su aroma y sabor. El naranjo, por otro lado, crece en suelo liviano, no resiste ahogarse: el naranjo trifoliado soporta el frío y el rough lemon, lamentablemente, es de corta vida, da frutos muy temprano.

Cuando un naranjo viejo necesita renovarse, hay que podar las ramas viejas: las de adentro, aquellas que no reciben sol. Guyau, quizás, cierta vez anduvo jardineando:

«La vida, al tomar conciencia de sí, de su intensidad y de su extensión, no tiende a destruirse: no hace más que acrecentar su propia fuerza.» [Esbozos de una moral, Ed. Americalee, p.226]

El naranjo, tras desnudarse un poco, vuelve a mirar el sol: alimentarse de sus rayos, reconocer su vejez y, sin embargo, volver a dar frutos.

6. Frotar las hojas del naranjo en la piel, empapar el cuerpo de un suave aroma: saber que es de aquella naranja que espera, que cae por sí sola agitada por el viento, que brilla de color, escondida entre las ramas, soportando el clima, el amargo clima. Será un asunto de dulzura interior, de perfume que se expande por el aire.

El néctar de las frutas

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