I. González Vera se justifica: como anarquista podía abandonar aquello que me hastiara y recuperar mi libertad.
II. De esta forma, narra los diversos oficios a los que se dedicó, no por mero capricho, sino por necesidad. Necesidad que, podemos ver, demuestra que el ser humano no es ineludiblemente esclavo de sus necesidades: uno puede ordenarlas y no morir en el intento de vivir de acuerdo a sus propias ideas.
III. Cuenta González Vera que, viéndose afligido por la falta de dinero, tuvo que vender los libros que traía en su maleta.
Por aquel entonces se encontraba en el Puerto de Valparaíso y, en la faldas del cerro, donde antiguamente se encontraba la subida San Juan de Dios, puso unos periódicos en la acera y colocó sus libros.
Afortunadamente, un caballero que iba en un burro le compró un diccionario.
IV. Yo, lector infatigable de los literatos libertarios, me quedé pensando en González Vera y le comenté a B. que tenía ganas de ir a Valparaíso. Unos compañeros nos ofrecieron ir a embriagarnos, pero nosotros queríamos ir a delirar a las calles de Puerto.
Por mi parte, tenía ganas de conocer la subida San Juan de Dios.
Mi amigo B. no la conocía y luego comprendimos que ya no existía, lo que haría, sin duda, más difícil el encuentro de los periódicos de José Santos.
Sin embargo, las gracias del azar nos guiaron por los caminos correctos. B., de un momento a otro, dice:
- Mira ese cartel.
De inmediato miré y había un cartel que decía: “ex calle San Juan de Dios”. Alucinado, miré a mi alrededor, me asomé por las calles que daban al cerro y me imaginé a un joven González Vera gritando datos biográficos de Rubén Dario y Joaquín Edwards Bello. Yo estaba caminando junto a B. sobre un burro y necesitaba un diccionario.
V. Lo cierto es que ese cartel está donde se encuentra el Museo de Historia Natural de Valparaíso y en la entrada había un enorme pelicano disecado.
Un caballero nos dijo que la entrada era gratis y sin cavilar entramos al museo a aprender cosas nuevas.
Dentro de él había una guagua bicéfala, un cerdito cíclope y un perro de ocho patas. Indistintamente, nos comentaban el asunto de las placas tectónicas, las técnicas de buceo de las antiguas indígenas y los usos de la carragenina.
VI. Si bien, perdí el hilo de mi pequeña investigación geográfica, no dejé de lado las perspectivas cotidianas de González Vera: ¡Qué agradable es vagar sin rumbo, entregarse a lo improvisto, tener una tarde para hacer algo que no sea útil!. Llega un tiempo en que todo es regular y rutinario. Cómo seguiría enriqueciéndose la existencia si cada día pudiéramos perder una hora.
VII. En efecto, con B. seguimos caminando por las calles del puerto.


















