Primer Capitulo: Barco de Papel.
I. Aventura.
Por aquel entonces las cosas parecían más difíciles.
Mi barco de papel tenía un hoyo y la comida que me quedaba era cada vez menos.
Yo soy un hombre pequeño, nunca fui grande y nunca he tenido un mundo. Lo único que hago es recorrer las alcantarillas de la ciudad sobre un barco de papel que me hizo un niño que me creyó juguete.
He pasado años y años deambulando por las enredadas vías de las alcantarillas, pocas veces saliendo a la calle.
Un día me di cuenta de lo aburrido que estaba, que donde me encontraba era el mismo lugar por el que había pasado cientos de veces. Me decidí a ir en busca de otro sitio.
Entonces doblé mi barco y mis dibujos, y los guardé en mi maletita, y salí rumbo hacia ningún lado, sin saber qué había allá afuera.
Escalé un tubo y salí a la luz del sol. Encandilado, no lograba saber dónde estaba. Al paso de los minutos, me hallé en una enorme ciudad, de gigantescos edificios, veloces autos y grandes pies.
Asustado de que notaran mi extraña presencia, comencé a caminar escondido a la orilla de la acera, tapado con una hoja otoñal que, además, me daba sombra.
No sabía hacia dónde diablos me dirigía, mas yo solo caminaba y caminaba.
Comencé a cansarme y miré a mis alrededores en busca de nuevas formas de viaje. Vi a un perro, de esos pulgosos, caminantes sin rumbo, como yo, del mundo. Corriendo, alcancé su pierna y me aferré a ella, apretado, con miedo a ser pisoteado.
Trepé hasta arriba, me arrastre a sus orejas y ahí me quedé, por un largo rato, mirando las nubes entre los edificios.
Escuché a una señora gritar “Vete!! Cochino de mierda!” y salí volando por la patada que ésta le dio al perro. Aturdido me levanté y me apoyé de una lata de bebida.
Angustiado, me sentí algo atrapado y sin ganas de seguir.
Al rato, sin más posibilidades, empecé a correr rápidamente, esquivando los lapidarios pasos de las personas, en busca de un lugar seguro, añorando el más pronto escape de la urbe.
Así, llegué a un gran parque, con grandes árboles y grandes insectos.
Perdido entre ramas de no sé qué, cavé un agujero en la tierra y con pétalos de flor, tapé mi cuerpo y me puse a dormir.
Por la noche empezaron a caer enormes gotas de agua desde el cielo. Exaltado, cogí mi maleta y corrí a los pies de un árbol.
Pequeños ríos comenzaron a descender a mi alrededor, por lo que saqué mi barco de papel y me fui en el más frondoso y veloz de ellos.
Empapado, viajé por los rincones ocultos de la gran ciudad; rincones oscuros y misteriosos, llenos de aventuras e historias desconocidas.
Poco a poco, el pequeño río, pequeño para mi, se fue secando, hasta que se transformó en húmedo barro.
Contento y satisfecho de mi inusual paseo, sentí que sí existía un mundo para mi, uno que estaba oculto dentro de éste y que, por ahora, yo era su único habitante.
Sucede que, al fin y a cabo, llegué a un sitio lejano, al menos eso sentía yo.
Guardé mi barquito y fui a ver dónde me encontraba ahora.
No era la ciudad, ni nada parecido. Éste lugar, más bien, era muy distinto, estaba lleno de colores, animales y personas extrañas, con ropas anchas y pelos alocados.
En eso veo que una de ellas inflaba globos, yo conocí los globos la primera vez que me asome al mundo, y recordé que estos, una vez que se soltaban, se iban libres, sin dirección al cielo.
Sigilosamente, me encaminé en busca de uno de estos, hasta que logré agarrar la cuerda de uno y volar sin descenso al cielo.
Fue muy extraño. Las personas se veían más pequeñas que yo.
Un tibio viento meció mi globo y comencé a ser llevado por la suave brisa.
Mi maleta y mi globo, mi cuerpo pequeño, mi mundo oculto, mi vida monótona por la alcantarillas, escondido. La nostalgia me acompañó el largo de mi viaje, entre las nubes y el cielo. No obstante, las ganas de aventuras y de conocer un nuevo lugar, inquietaban mucho más mi interior.
II. Incertidumbre.
A lo lejos, el cielo naranjo despendía el sol, en el primer y más hermoso ocaso que hubiese visto en mi limitada vida. Sentía, por fin, aquel sentimiento intrínseco de la libertad.
Por lo pronto, aquel solitario romanticismo, me hizo olvidar que después de la tarde, está la noche y que, por lo tanto, mi brazo ya no aguantaría el peso de mi brazo y que la noche y su oscuridad, cegarían mi paso por el cielo y no lograría ver dónde estoy.
Asustado, pero nunca en desespero, hice una maniobra peligrosa: subí a la parte superior del globo.
Una vez arriba, acosté mi cuerpo sobre él y, sin muchas opciones, dejé que el rumbo del globo fuese mi destino.
Las estrellas ya se asomaban en el cielo nocturno, calladitas y parpadeantes, imaginando que bailan y que son eternamente fugaces. Yo nunca las había visto tan esplendorosas, las luces de la ciudad censuran su belleza.
Entonces inventé galaxias, constelaciones, mundos, cometas, hasta que el sueño envolvió mis ojos y me quedé dormido.
III. Caer.
Despertar fue raro. No había globo y yo iba de caída libre. Cuando abrí mis ojos, vi la curvatura del mundo de las personas, vi el sol asomarse en un costado, vi las nubes debajo mío y, por suerte, vi mi maleta en mi mano.
Al cruzar las blancas nubes, vi solo mar, inmenso, azul, solo y tranquilo.
Saqué de la maleta mi barquito de papel y me acurruqué dentro de él. El problema es que me aburrí. Entonces me asomé para ver cuánto faltaba para llegar al mar.
Ya estaba en el mar.
La caída fue tan ligera y suave que no la sentí.
IV. Horizontes.
Miré, entusiasta, hacia el horizonte, envuelto en la convicción de una viaje difícil y que valido la pena, me di vuelta y miré de nuevo el horizonte, vi a mi derecha y a mi izquierda y, qué más, el horizonte.
No tenia yo con qué remar y, peor, no tenia dónde ir.
Triste, mis lagrimas cayeron al mar, y solo, iba yo a la deriva del mar y sus corrientes.
Creí que era un estúpido, pero no por mi viaje, sino que, como buen amante de la vida, no estaba disfrutando esto que tanto esfuerzo me había costado y, desnudo, me decidí a bañarme en las profundas aguas de algún océano.
Mi sentimiento interior de la aventura, me sumergió en las oscuridades del mar, en lo hondo, en los corales y las rocas submarinas, donde me divertí luchando contra cangrejos y almejas.
Exhausto, subí a superficie y me tendí en mi barco.
V. Crisis.
Abrí mi maleta para comer algo y noté que me quedaba poca comida. No tuve más opción que dejar que los vientos marinos me llevaran a tierra.
La noche invadió el cielo, oscureció el mar y las estrellas se mostraron radiantes sobre mi, brindando aquella compañía que nunca tuve. Dormí.
Cuando desperté, vi mis pies mojados sobre una poza de agua.
El papel no soportó más el constante contacto con el agua y comenzó a despedazarse.
Por aquel entonces las cosas parecían más difíciles.
Mi barco de papel tenía un hoyo y la comida que me quedaba era cada vez menos.
VI. Entregarme.
No había tierra a mi alrededor, nada, solo horizontes, vientos y nubes.
Melancólico y creativo, me negaba a dejar la vida, hundirme junto al bote, era tambien suicidarme, dejar mi valiosa vida a la resignación.
No tenia alas para volar, ni madera para crear y tampoco era un pirata de los no sé cuántos mares para abrirme paso a alguna isla. Solo ideas, fuerza y pasión.
El agua superaba mis rodillas y yo quería volar, no sé.
Me deshice de mis ropas, de mi maleta, de todo.
Y me convertí en pez.
Segundo Capitulo: Pez.
I. Los años.
Aun recuerdo mi barco de papel. Aquel fiel compañero de ruta que me acompañó por las atolondradas cuencas subterráneas de la ciudad durante unos tres o cuatro años.
Desde que se hundió mi barquito, he sido un fiel habitante de las aguas; he soportado tormentas, depredadores, corrientes frías, buques asquerosos, basura y desechos de mierda.
Hoy nado como un pez, puedo contener mi respiración bajo el agua por largas infinitas horas, puedo transitar de horizonte a horizonte y saltar igual que un delfín.
Al principio me sentí raro, como un soldadito de plomo en aquella ridícula historia, con temor e incertidumbre.
Pero como yo, un pequeño desobediente que mide menos de una cuarta, amo el misterio y la vida, me entregué al descubrimiento.
II. Bitácora.
Llevo una bitácora en mi cabeza y he escrito ahí, como recuerdos, los secretos del mar, las razones de su furia indomable y las maravillas ocultas dentro de él, cual mundo escondido como el mío.
Los delfines son los acratas del mar, las ballenas son pacificas, pero defienden cuando alguien está en peligro, algunos van contra la corriente, los cardúmenes tienen su propio mundo, los ostiones y las almejas odian las perlas y solo les gusta saltar, los cangrejos caminan de lado y los corales son rayos de mar que alumbran a sus habitantes. Tambien son madres de la vida. Y yo, bueno, yo duermo tapado con algas.
Aquí nadie es dueño de nada, los habitantes del mundo marino no se dividen el mar en millas, latitudes, hegemonías nacionales, ni nada.
III. Volar.
Siempre añore volar y lo hice, pero sobre un globo que luego me despidió.
La vida en el mar me hace nadar, patalear y mover mis brazos, sacudir mi cuerpo entero para poder escudriñarme por los rincones oscuros de las aguas saladas. Es como volar.
Entonces, vuelo y vuelo, vuelo mirando el sol, de guata al cielo, y sueño mientras lo veo titilar difuso sobre la alfombra bailarina del mar.
Tercer Capitulo: Fin.
I. Epitafio.
Es hermosa la vida aquí, es inmensa y los sentimientos se expanden por nuevos sitios y casas.
Recuerdo mis largos años en las alcantarillas, aquel sucio, rutinario y enredado lugar, en el que tuve que esconderme, cuando me di cuenta que no había espacio en el mundo de las personas para mi, cuando fui el demonio, cuando fui un moustruo, cuando fui un soldadito de plomo, cuando fui un duende, cuando fui un montón de cosas que inventaron y que no existen, que solo causan miedo.
II. Seguir.
Sí, es verdad, he vivido toda mi vida solo y es que no me ha quedado otra. Podría conocer una mujer pequeña y, sí de nuevo, me enamoraría y sería feliz.
Pero estoy aquí, no hay personas como yo, quizás sí, y aun estoy escondido, en el mar, que es bello y de colores, y lo único que me ha dado vida todo este tiempo, han sido los sueños y las utopías, caminar en busca de algo y anhelar encontrar aquello.
Mi mundo es aparte, oculto, y sé que aquí las cosas son distintas.
III. Buen Viaje.
Sin estructura, sin saber el futuro, pero imaginándolo, nos vemos en un pájaro.