Los montes, eternamente crepusculares, del pueblo Gûida, eran cumbres enormes, más grandes que el mundo mismo, y estaban llenos de colores, aromas y especies silvestres.
Lejos del pueblo, a los pies del monte Olivä, vivía Olivia, muchacha no tan alta y de pelo dorado, junto a su madre. Trabajaban la artesanía, que luego vendían en un pequeño puesto que tenían en el pueblo y recolectaban las flores y frutos silvestres que se daban a los alrededores de su exigua casa.
Cada amanecer, sin excepción, Olivia despertaba llena de energía, joven y hermosa, apasionada por su vida y sus sueños, y tomaba su bicicleta para subir al monte Oliva, con su vestido verde, su pañuelo naranja y su pelo suelto.
Allí, se sentaba en una roca o en un tronco a escribir las poesías frente al vasto e idílico paisaje que se presentaba, elegante y natural, frente a sus ojos. Envuelta de los aromas, las mariposas, la múspula de las flores y las aves, Olivia miraba el cielo, pensando en qué hacer, cómo enfrentar la hermosa incertidumbre del lugar donde vivía. Ella siempre soñó con ir más lejos, abandonar Gûida y el monte Olivä que la vio crecer, para entregarse a la infinita vida de los viajes.
Con el sol encima, Olivia comprendía que debía volver a casa, a ayudar a su madre con el almuerzo y a preparar sus cosas para ir al pueblo a vender la artesanía.
I.- Las Aceitunas no son para el Verano .
Las enormes praderas que rodeaban la casa de Olivia, tenían extensas columnas de olivos, enormes y frondosos, ricos de aceitunas, que teñían el tímido paisaje que se asomaba por la pequeña ventana de la habitación de Olivia.
Ella se encantaba con aquellos árboles, no solo porque amaba sus frutos, sino por que con ellos había compartido la nostalgia solitaria que la envolvía, de vez en vez, en su cuarto.
Pero era verano y las aceitunas no son para el verano. Durante esta temporada, los olivos tienen aún sus frutos en crecimiento, están menudos y tímidos entre las ramas, y el árbol depende cariñosamente de la tierra, que alimenta sus raíces con agua y minerales, y del sol, que da vida a sus hojas con la luz que le entrega día a día. Y de este trabajo colectivo, autorregulado y natural, nacen aceitunas hermosas, que brillan por si solas y que empañan de aroma la ventana de Olivia.
Tranquila, ella espera el otoño, mirando el calendario y el sol, y se prepara para cosechar las aceitunas que vuelven a nacer, como circulo infinito, como halo de colores que nunca acaba de bailar sobre los olivos.
II.- Las Aceitunas más Grandes son para el Otoño y se Sacan con la Mano.
Cuando los días empezaron a ser medianamente más cortos y el paisaje tornó a marchitarse un poco, Olivia fue a ver cómo estaban las aceitunas.
Alegre, fue testigo de enormes aceitunas y de alegres olivos que brillaban por sus frutos. Olivia corrió a su casa a contarle a su madre.
Allí su madre cocinaba espárragos y le replicó que no perdiera el tiempo, que fuese a buscar el canasto y que tomara la bicicleta para ir a recolectar las aceitunas más grandes, ya que esas se sacan con la mano.
- Ve pronto, Olivia – Gritó la madre por la ventana, mientras la muchacha partía en bicicleta —Puede que lleguen otros paisanos a sacar aceitunas.
Pero no llegó ningún lugareño, ni don Renzo ni Manfio ni nadie, y Olivia llenó su canasto de verdes aceitunas.
- Han quedado bastantes aceitunas en los olivos – pensó la muchacha —Algo habrá que hacer.
Con el canasto muy pesado, Olivia llegó exhausta a casa.
A pesar de su obvio cansancio, comenzó a hacer todos los preparativos para encurtir las aceitunas en los viejos frascos gigantes que había dejado el abuelo como única herencia.
III.- El Arte de Encurtir Aceitunas.
Manfio, lugareño que vivía a unos treinta minutos de casa de Olivia, era fabricante de vinagres, incluso, en el pueblo tenía fama de hacer el mejor vinagre de todo la provincia.
La Madre de Olivia había intercambiado unos platos artesanales por varios litros de vinagre a Manfio, por lo que no tuvieron problemas para encurtir las aceitunas. Además, los frascos del abuelo nunca fallaban, eran enormes y llenos de sabiduría (y tenían tapas de colores).
Caída la noche en los pies del monte Olivä, la muchacha guardo junto a su madre los frascos en el cuarto contiguo a la habitación de Olivia, donde tiempo atrás durmió el abuelo.
Casi sonámbula, Olivia fue a dormir, entre los cantos de los grillos que vociferaban himnos improvisados de la vida de insectos. Con sueño y junto a sus sueños, recostó su cuerpo sobre la vieja cama, que cada día cruje más, y observó, por un breve instante, las luciérnagas que estrellaban el techo de su cuarto, como un retrato improvisado del espacio sideral, y que luego quedaron impregnadas en sus pupilas.
IV.- Sueño de Aceitunas y Luciérnagas.
Aquella noche Olivia durmió más profundo que nunca, cuan estado de suspensión en el aire inmóvil.
Las luces suaves y delicadas que dejaron las luciérnagas grabadas en sus ojos, la llevaron a formar las figuras más etéreas en el espacio de sus sueños.
Fue una noche profunda y plena, donde los sueños y la realidad se confundieron en el mismo matiz de vida.
Por esta razón, Olivia amaneció renovada. La noche la había hecho renacer y eso a ella no le molestaba. Sintió que era hora de armar sus ideas y sueños.
Y así estuvo hasta finales de invierno, recogiendo planes y buscando la forma de ganarse la vida de forma independiente y consecuente.
V.- Las Aceitunas de Invierno se Sacan Golpeando las Ramas con una Vara.
En los casi ancestrales olivos de su tierra, aún quedaban muchas aceitunas. Estas estaban marchitas y no servían para encurtir.
Un frío día de septiembre, Olivia pasó la tarde entre los olivos, mirando las avejentadas aceitunas, verde oscuras y tristes, pendiendo en el aire, apunto de ser botadas por el viento.
La muchacha trepó el olivo más grande y se sentó en su copa, a pensar junto a su croquera y a disfrutar los pequeños céfiros que movían su pelo. Es ahí cuando recuerda a su fallecido abuelo, que murió perdido en las montañas. Aquel hombre nunca desperdició un solo fruto de la tierra, o al menos los que por sus ojos pasaban, y siempre conocía alguna receta para degustar la fruta por más madura y marchita que esté.
Y Olivia recordó que sí, que había una receta para las viejas aceitunas de finales de invierno.
Bajó apresuradamente del árbol y fue rápidamente a casa.
Allí entró a la pieza de su abuelo, donde guardaban las aceitunas encurtidas, y comenzó a buscar el libro de recetas que él mismo había escrito entre los enormes frascos que entorpecían la visión y el paso.
Luego de largo rato de búsqueda, Olivia se tendió en el piso de la habitación, casi sin esperanzas. No obstante, cuando apoyó su espalda en la pared, sintió que una tablita se movió tímidamente hasta caer. Ella se volteó extrañada para ver qué sucedió y vio que, entre la tabla y la pared, había un pequeño agujero que asomaba el viejo libro artesanal del abuelo.
Feliz y radiante, Olivia dio un brinco y corrió al comedor a leer el libro, el cual, en vez recetas, traía los más simples y bellos secretos culinarios que el abuelo había aprendido a lo largo de su vida.
Ojeando las páginas, enumeradas sin orden alguno, encontró una página titulada “No sólo se puede vivir a base de aceitunas, pan y vino, sino que de este fruto se obtiene el mejor aceite comestible del mundo”.
- Largo titulo – pensó Olivia — Buscaré a qué se refiere.
En las siguientes páginas, el abuelo no sólo explicaba la forma de encurtir la aceitunas mediante ilustraciones que él mismo hacia, sino que también hablaba sobre qué hacer con las desdichadas aceitunas de invierno:
- Las testarudas o desafortunadas aceitunas que cruzaron el duro invierno, aún pueden florecer de sabores y aromas (y supongo y creo que todas las frutas pueden) —reflexionaba el abuelo en el libro —. Hay que extender enormes lonas debajo de los árboles, lonas firmes y coloridas, y luego golpear con una vara las ramas del olivo, para que caigan las arrugadas y veteranas aceitunas.
Aquellas aceitunas, a pesar de todo vivas y radiantes aún, hay que exprimirlas para obtener el aceite.
VI.- Atisbos del Viaje.
La madre de Olivia sabia que su hija podía enfrentar el viaje que soñaba realizar, de no solo conocer lugares sino que, también, vivirlos y amarlos. Tenía plena convicción de la educación que le dio, autodidacta y autónoma, y suponía que las viejas enseñanzas del fallecido abuelo anarquista, que luchó décadas atrás por aquellas tierras, serían pilares firmes que la acompañarían durante el viaje, o el viaje de su vida, o su vida en sí.
Olivia había trabajado vendiendo aceite de oliva y aceitunas en el pueblo, y le había ido muy bien. Tuvo fama inmediata por sus deliciosos víveres, los cuales los vendía o intercambiaba en la entrada de la feria central.
Ella comprendió que la cosecha de aquel año era la invitación que el mundo le estaba dando para que lo fuera a conocer. Los olivos, que la amaban desde que era una pequeña niña, soñaban con verla recorrer las pampas y los montes, los mares y los pueblos, en una travesía infinita por paisajes distintos y bellos, naturales e inhóspitos, plagados de animales, aves, flores, frutas y frágiles corazones de insectos.
VII.- La Vida es para Todas las Temporadas: Todos los Días Florece.
Un día, durante el otoño del año siguiente, Olivia decidió partir. Se despidió de su madre y le prometió volver algún día.
El día anterior había estado reparando su bicicleta y arreglando su mochila en su cuarto. Cuando miró por la ventana, notó que los viejos olivos no habían dado frutos ese año, que solo tenían hojas y pájaros.
Sorprendida, un tanto confundida, fue a visitarlos, a conversar con ellos. Los árboles, silenciosos y bellos como siempre, sentían la nostálgica alegría de no ver más a su amada Olivia, que su vida se entregaría a las inesperadas aventuras del viaje y la incertidumbre.
Y la niña, más joven y hermosa que ayer, más brillante y llena de colores, partió montada en su bicicleta, con su mochila y su canasto, con el libro del abuelo y los consejos de mamá y, sobre todo, con su croquera y sus poesías.
Su madre la observó, hasta que se perdió entre las montañas y sus pasadizos inconexos. Olivia conocía el camino y los caminos, pero no sabía que los olivos nunca más darían una aceituna, pues habían entregado toda su energía a la pequeña muchacha, para que su vida floreciera todos los días, para que su corazón germinara en cada amanecer.