I.
Hace algunos días atrás comenzó un nuevo año, el 2009 según la era cristiana, y, sucesivas veces, me han deseado el mejor de los deseos. Eso es positivo, claro está, y mucho más lo es cuando va acompañado con esa extraña idea que se funda en el colectivo de replantearse.
II.
Peculiarmente, me llamó la atención el lugar geográfico donde pasé la hora cero.
III.
Desde las cinco de la tarde, junto a mi hermano, mi abuela y mi madre, deambulamos ociosos por las calles y avenidas del viejo puerto de Valparaíso, para llegar a guardarnos un pequeño lugar en la Plaza Sotomayor, a la espera de uno de los principales atractivos mundiales del año nuevo: los fuegos artificiales, o juegos artificiales, como dicen otros.
IV.
Después del vino, la champaña, las uvas y, sobretodo, los abrazos, vinieron los fuegos artificiales: enormes columnas de colores erigiéndose en el aire, explosiones apoteósicas, bailes chispeantes en el viento y luces de diversos matices empapando nuestra piel.
Ningún estallido dejó de ser sorprendente, sin embargo, los más grandes, los que más nos iluminaban, eran los que más aplausos y gritos sacaban.
V.
Rara cosa, pensé. Hice la breve tarea de observar los rostros de las personas, de mirar el reflejo de los colores en sus ojos y las extrañas expresiones que se dibujaban en sus caras.
VI.
Con duda alguna, volví a pensar, ellos necesitan ser iluminados, sentir que es a ellos a quien el fuego quiere alumbrar, creer que son importantes por fin, que toda esta función es por el largo año que se tuvo que joder, por el esfuerzo, qué sé yo. Y qué sé yo, también, por qué rayos quieren sentirse reyes, aunque sea por la casi media hora de espectáculo.
VII.
Bien se sabe que los fuegos artificiales fueron creados para rendir culto a los legendarios dioses orientales, por lo cual, es lógico que nos provoquen más de una reacción metafísica.
VIII.
Cuando pequeño veía los fuegos desde el techo de mi casa, pequeños, lejanos, sin valor alguno. Y, no obstante, ahora necesitamos tenerlos en más lugares.
IX.
De todas formas, no dejo de pensar, que el año nuevo puede comenzar cualquier día. Sí, y que todos los días seamos fuegos de colores y, a su vez, nos sintamos como dioses, como dioses de nosotros mismos.