I. El chofer, hombre ya viejo, me dijo, amenazante como siempre, que estos güeones no tienen idea que andamos con fierro.
II. Ambos íbamos adelante: él manejaba y yo miraba las oscuras vías en mi asiento preferencial.
III. No sé porqué, pero me sentía más cómodo ahí que entremedio de las multitudes, que gritan, que mueren, que orinan, que caen entre medio de sus estrepitosos jolgorios de adoración al vidrio.
IV. Yo pensaba y sentía que, quizás, subía a las alturas del monte de Orán: Para comprender el mundo, a veces es necesario apartarse de él; para servir mejor a los hombres, mantenerlos a distancia un momento *.
V. Cuando comparto situaciones que no me gustan, aprendo mucho de ellas, pero, sobre todo, aprendo a conocerme a mi mismo, a saber cuáles son las cosas que no me agradan, los lugares que prefiero, los momentos que busco compartir, siempre incomprendidos.
VI. Igualmente, sé que sirve para seguir conociéndome, para indagar mis profundidades y entender que nunca he de terminar.
VII. ¿Cómo soy? No lo tengo muy claro aún ¿Quién soy? Lo estoy averiguando **.
VIII. Supongo, no sé, que prefiero compartir las rabias del chofer o sentarme en una ventana junto a un macetero a contemplar el mundo y sus largos paisajes.
IX. Ya no quedan desiertos. Ya no quedan islas. Y, sin embargo, se siento su deseo todavía *.

Mamá mira por la ventana atacameña
* El Minotauro o el Alto de Orán, Albert Camus, 1939, Editorial Alianza Cien.
** Inquieto, canción de Jaime Sin Tierra.















