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Correr para Ver el Atardecer

Junio 19, 2009

“No queremos un mundo donde la garantía de no morir de hambre,

sea la de morir de aburrimiento”

El mismo día en que los verdugos de Willi querían que bebiera la cicuta y que leímos, un poco, las razones arqueológicas por las que la Biblia tiene la razón, en que almorzamos una tartaleta tipo casino, en que había que votar si es que íbamos a votar si sí o si no o si qué, que no: ese día corrimos para ver el atardecer.

Sentenciamos, incisivos, que robar chocolate no es robar (como los libros) y hablamos de que el rock provenía de los pobres y que el primer asalto bancario el Chile fue por el gran miliciano español Durruti. Canté una canción punk muy mala.

Miramos el cielo, como es común, y nos reímos del clima, del pronostico del tiempo, de los augurios alarmistas de que viene la lluvia, como si ésta fuese un mal, lo cual es complementado con la teoría de Carlos: los paraguas son para las mujeres (lo dijo porque yo andaba con paraguas), la lluvia es para mojarse, los hombres tenemos que estar desnudos en la lluvia y quedarnos estoicos en ella.

A causa de esto, volvimos a mirar al cielo y, a lo lejos, donde nace el sol, las nubes vaticinaban la tormenta. En aquel instante estábamos esperando la luz verde para ir a nuestras casas, pero observamos las nubes naranjas pincelando el cielo, entre curvas y colores que deleitaban la imaginación adormecida de la ciudad: la wea linda, dijimos.

No se trató de impulsos, sino de situaciones: los planes de nuevo se destruyeron y comprendimos lo efímero del atardecer: Helios no espera ni a quienes miran el cielo, así que corrimos en busca del atardecer.

Nos encontrábamos a dos cuadras del mar, pero la maldita geografía de la ciudad, hecha para autos, nos demoró, nos molestó, nos enredó, nos irritó. En aquel preciso instante faltaba fuego para quemar todo lo que impidiese nuestra pequeña maratón.

Cuando llegamos no entendimos nada: cerros invertidos en las nubes, líneas brillantes en el horizonte, auroras boreales en la orilla del mar, cielo que derramaba pintura y llovía pinceles, las olas eran del color del cielo.

Nos paramos frente a las olas en silencio, a Carlos le reconfortaba que hubiese más personas mirando el atardecer, a mi no, no sé si a Bruno.

Inmersos en esta inaudita contemplación, un ruidoso helicóptero destruyó pequeña parte de ella y me trajo a la memoria a Hombre Mirando el Cielo, del fallecido Mario Benedetti:

Y nada más

porque el cielo está de nuevo torvo y sin estrellas

con helicóptero y sin dios.

Y éste fue el hincapié para Hörderlin:

Me basta con haber probado

el cáliz de la esperanza

Una vez que la tarde se fue, breve y límpida, temimos a la tormenta y caminamos por el litoral hacia nuestras casas.

Quise compartir ciertas reflexiones entorno al libro Antes del Fin, del viejo Sábato:

Cuando tenía nuestra edad (Sábato) se juntaba con anarquistas y comunistas, jóvenes como nosotros, y discutían hasta largas horas de la madrugada (…) Es hermoso pensar en la recuperación de la palabra escrita, en la biblioteca como espacio de recreación, como en aquellos tiempos.

Admitimos el sentido utópico de las palabras, quedamos en silencio, las olas siguieron con su ruido: flotamos, entramos en una pensamiento individual profundo: una gran ola explotó en las rocas y mojó a Bruno, con Carlos alcanzamos a esquivar los salados misiles.

De todas formas, nos mató a todos, por igual, quizás más a Bruno. Fue una gran ola, enorme jaula se agua sobre nosotros, que vino a estremecer la leve tranquilidad del momento, y nos despertó y, sobre todo, confundió: no entendimos nada y transformamos al mar en una apología del caos.

Porque Bruno estaba todo mojado y nosotros reíamos sin entender nada, ni el suelo que pisábamos parecía coherente. No éramos nosotros, era lo que sucedía contra nosotros. Nosotros solo tratamos de existir, y de aceptar, esa perpetua ilógica de lo cotidiano, que tantos tratan de uniformar.

La ola cayó justo ahí y pensar en las coincidencias, en el destino o en que todo tiene un por qué, no tiene ningún sentido.

Así y todo, fuimos a ver libros: Bruno haciendo un catalogo mental de Sartre, Carlos comprando Galeano y yo corriendo a mi casa dominado por la necesidad de leer. Tenía claro que, por más que intentará escribir las interrumpidas andanzas, no lo lograría: la gramática se hace poco. Es necesario del alguna ola.

Carlos perdido en el mar.

Carlos perdido en el mar.

Un comentario

  1. Es muy apocaliptica la foto

    jajaja



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