Estuve enfrentado a una profunda soledad universal: el viaje fue tan largo que me quedé dormido y cuando desperté la voz en off de la nave espacial me comunico que me encontraba a 28.000 años luz del planeta tierra.
Desconcertado miré a mí alrededor. Encontré cosas, pedazos de roca o trozos de hielo, y vi cosas, enanas blancas o agujeros negros, y sin embargo me sentí perdido.
Sinceramente, no comprendo por qué el universo se expande ante mis brazos y yo temo caer en él, pues sé que allí se esconden mis raíces y de todo lo(s) que me rodea difuminadas en partículas y oscuridades. Pienso que el espacio sideral, el espacio de las estrellas, debería ser perfectamente familiar: estoy en él, al fin y al cabo.
Pero esto significa aceptar mi condición y por lo tanto debo admitir que soy pequeño, que estoy metido entre medio de los cerros y no soy capaz de subirme a la cima de ellos: esta pequeñez es exageradamente finita.
Desconsolados, a pesar de la compañía, ante nuestras dudas sobre la existencia, y sorprendidos ante quienes han sabido responderlas de forma tajante y dogmática, sin creerles mucho y entregándonos a la incertidumbre de la muerte.
Durante este viaje a través del universo, me olvidé de mi lugar: la insignificancia es de fácil desprendimiento. La tierra ya no estaba y yo la pensaba desde afuera: no era eterna, somos accidentes, no hay milagros.
¿Y para qué tanta pasión si el sol se va hinchar hasta explotar? ¿Para qué pensar en la eternidad si lo orgánico muere y cambia? Yo estaba suspendido en medio de las constelaciones y las preguntas caían: me golpeaban meteoros, me tragaban agujeros negros, estrepitosas gravedades me azotaban contra enormes planetas y me congelaban las bailarinas colas de los cometas. Me golpeaba el universo, a final de cuentas, y no era precisamente para matarme.
Porque esta inconclusa existencia, donde el sentido de la vida siempre ha sido una pregunta, tan profunda en dudas y tan atiborrada de respuestas extrañas y dogmas ridículos, no es para dejarse llevar por la perdición de un estado atormentado de soledades y certidumbres.
Claro está, mi viaje acabó a millones de millones años luz, cuando el universo nació de una pequeña y precisa explosión, sin gracia divina o razón alguna. Y las cosas siguieron chocando, explotando e invadiendo el espacio de colores.
Y nosotros también nacimos de explosiones: nuestros padres se hallaron como dos galaxias que van a colisionar e inevitablemente van a crear una nueva. Y me imagino que otros hermosos choques y explosiones han estado presentes en nuestras vidas. Siempre son los choques, el ruido, el silencio profundo que se transforma en ruido, los que llaman nuestra atención.
¿Será entonces esta vida, este pedazo de tiempo nuestro, para quedarnos estáticos? ¿Para comprometernos con verdades infalibles? ¿Para situarnos en la cómoda postura del dogma? ¿Acaso alguien tiene alguna certidumbre? En efecto, la incertidumbre puede ser una.
Estamos quienes no tenemos todo claro y lo admitimos sin escrúpulo alguno, y dedicamos nuestra vida a la explosión, a la actividad, al movimiento: a la utopía. Nos proyectamos libres y hermosos y detestamos la vida establecida ¿Qué puede estar establecido? ¿Acaso el Estado es necesario? ¿Sin el capitalismo la vida no existe? Siempre las cosas pueden ser de otra forma.
Cuando me encontré deambulando por nebulosas lo pensé: moriremos como dinosaurios, quizás más, quizás menos hermosos que ellos. No es que el colapso mundial sea inminente, eso no tiene sentido, sino que esta pequeñez no asegura nada: pensar que le vida es de cierta forma es una muerte silenciosa.
Los dinosaurios hacían de las suyas cuando aquel meteoro cayó sobre la faz de la tierra y ellos, con toda su fortaleza y dientes grandes, no pudieron evitarlo ¿qué estaremos haciendo nosotros?
Lo único que queda es estrujar, pensar en el néctar, extraer a la vida misma.