I. Por acá los muchachos son rebeldes: escuchan música fuerte, se enojan con sus padres, viven al límite, se emborrachan, se drogan, se encierran en sus habitaciones, el Internet es una zona más de su cerebro.
II. Por la tarde veo una teleserie de similares características, pero acentuadamente más rebelde.
III. Estos pequeños rebeldes (enormes en cuerpos, a veces), no entienden muchas cosas, no se interesan por nada, creen llamar la atención, piensan que cada cosa que hacen es de vida o muerte, y sin embargo, sus vidas corren más desapercibidas que su día a día, encerrados, conectados, muertos.
Si existe represión contra ellos, no se liberan de nada finalmente: tan solo afirman más sus amarras o se atan a otras.
IV. Sus palabras vagan sin sentido alguno, sus opinión caen sin necesidad de ser expresadas. La creatividad en ellos no es más que una hazaña para pedirle dinero a sus padres.
V. Estaban muertos y estaban de parranda.
VI. ¡Qué tormento más grande! ¡Qué suplicio! Todo el mundo está en su contra, sufren por la indiferencia del resto, que no comprenden que es su vida, que por favor no se metan, que no se metan con él, pues es él quien debe molestar.
VII. Se despiertan y no bailan. Salen a la calle y no miran el cielo. Exhalan y no respiran aire. Miran con los ojos volteados. Hablan para disparar balas sin dirección. Se equivocan porque tienen la razón. Ignoran lo dulce, transforman todo en hiel. Quieren estar solos para vivir conectados.

La rebeldía es saltarina.












