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Icaromenipo (o esbozos para una astronáutica anarquista)

noviembre 30, 2010

Menipo de Gádara y su invento dedálico se están desatando dentro de mí: las alas del viejo esclavo Sirio [aquel cínico que escribió libros sobre la inutilidad de la filosofía], me están exigiendo proezas aéreas, vida subterránea sobre las nubes para lanzar semillas.

Vuelo radical, total desprendimiento de la vieja estructura, aspiración innegable hacia otra vida. Luciano de Samosata lo escribe así:

Una vez que, ultimado el entrenamiento, había alcanzado la perfección en altos vuelos, ya no aspiraba a cruceros de polluelo, sino que ascendí al Olimpo y, con las provisiones más ligeras que pude, me lancé finalmente rumbo al cielo, sintiendo al principio vértigo por la altura, mas luego lo soportaba ya fácilmente. [Icaromenipo, 11]

Esta exigencia es la misma que en los párrafos de la moral anarquista de Kropotkin se lanza a las corrientes atmosféricas, dispersándose, como las semillas en la tierra, en la vida misma que todo lo cubre, que se oculta bajo ella y que viaja a través del aire que envuelve la tierra, para impulsarse más allá de sus límites, rebosante, viva:

En su existencia, en la lucha contra los monstruos poderosos, encuentra sus mayores goces. Todo lo demás, a excepción de esta lucha, los mezquinos disfrutes del burgués y sus escasas miserias, ¡le parecen tan mezquinas, tan fastidiosas, tan tristes! – ¡No viven, vegetan! respondería ella –; ¡pero yo he vivido!

Y Diego Abad de Santillán se vestirá de astronauta, tripulante de la gran nave libertaria que ha viajado a lo largo de los tiempos, y cantará:

Un anarquista es esa criatura humana incesantemente atormentada por una idea de infinito en arte, en ciencia, en filosofía (…) ese explorador atrevido de rumbos nuevos.

La astronáutica anarquista, desde aquel viaje estelar narrado por Luciano de Samosata hace casi dos siglos, en el cual Menipo trató de alzar la mirada y contemplar el universo, insita a la expansión de la vida cotidianamente, como sujeto que vive desamarrado de la nave en los ritmos infinitos y anónimos del espacio exterior. La vida del navegante cósmico, que se reconoce observando y se descubre estando perdido, es también un desafío a la exploración sin datos previos, al derrumbe de las verdades.

Odisea ácrata que no necesita posicionarse dentro de un escenario, porque sabe que el primer paso es contemplar, entender, conocer, interpretar, como en aquel fructífero reposo de la tierra del cual hablaba el astronauta Elíseo Reclus.

 

La luna en Siberia

Bakunin en la luna, Enero de 1868.

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Un comentario

  1. Alegría conoció a Bakunin en el espacio ¿sabes?. Compartieron un vaso de leche. La vaca astronauta dice tener la solución para llevar a pájaros hasta la Nebulosa trífida. Yo no le creo.
    Este me gusto mucho.
    La imagen me gusto aún más.



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