
Despedida: La vida subterránea estaba sobre nuestras cabezas
diciembre 7, 2010El universo es extraño: no sé en qué momento vi reflejos en él que llamaron mi atención.
Recuerdo algunas noches en el desierto junto a la vía láctea, los bosques del sur con sus nebulosas o las estrellas fugaces en la cordillera. Creo que fue una infancia estelar.
Tenía un trasbordador a fricción que le faltaba una rueda (era una falla en el trasbordador) y que sólo podía planear aterrizando estrellado.
Muchos dibujos de cohetes y estrellas luminosas en el techo de mi cuarto.
Una mirada que buscaba figuras titilantes.
Una mente que recordaba historias inverosímiles sobre el origen de las estrellas, como la del hombre que escapaba de un oso y que lograba evitar el ataque subiendo a un monte del cual, sin embargo, no podía bajar porque el oso feroz aguardaba por él en la ladera. Hasta que el tiempo pasó y el hombre apresado por su miedo se transformó en una estrella: en la osa mayor.
O la historia sobre la caja de estrellas de la cual nacían las criaturas y que tan sólo hace un tiempo supe que en realidad eran las pléyades.
Cierta noche esperé una lluvia de meteoritos en vano: la ciudad censura la luminosidad de los astros.
La nave espacial que construimos en los bloques de Miguel Claro llevaba ampolletas amarillas en su delantera.
Lo cierto, no obstante, es que en el mundo quedan pocos lugares realmente oscuros, lugares donde el cielo nocturno se desnuda para mostrar sus verdaderas vestimentas: esa desnudez límpida y celeste que sólo se puede encontrar en lo profundo del océano.
Siempre he creído que el cielo y el mar se unen detrás del horizonte, como dos universos paralelos que se reflejan entre sí.
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La vida subterránea, entonces, estaba sobre nuestras cabezas: los ríos eran de meteoritos y las vertientes no eran sino nebulosas. Pero el núcleo del movimiento no estaba al centro, sino en los confines, en los bordes infinitos que se expanden, confusos y difusos, llenos de energía y de colores. Brillando: hacia allá marchaba todo. De eso trataba la juventud.
La vida subterránea no podía estar debajo de los pies, no podía ser descubierta con tan sólo excavar. La tierra no era necesaria para echar raíces: allá donde uno creía que no había nada, en esos campos sin dueños, resultó ser el mejor lugar para que las semillas crecieran.
La vida puede ser firme en el firmamento: en la alegría de los amaneceres, en la templanza de los atardeceres. El ritmo vital de las corrientes atmosféricas es el de la tranquilidad.

Llegué a creer que todo era biosfera, que todo cantaba: desde el cotidiano zorzal hasta los lejanos pulsares del espacio sideral.
Que había un universo adentro, uno oceánico y profundo. Que la vida era navegar.
Nubes que salían del planeta. Vientos sin gravedad que recorrían las galaxias. La vida también insistía, insiste, en expandirse a los tormentos astronáuticos, para morir en la última curiosidad, para vivir con los ojos perdidos y sin orbita alguna.
Aunque desde acá, desde esta vida atenta a los árboles, sólo se viva aspirando a las bellezas supralunares, se reconoce que la cima de las montañas es el lugar más cercano al cielo, que el mar enseña, que las estrellas invitan, que en los ríos también se puede flotar, que los minerales del universo están impregnados en la piel.

Hace unos meses escribí la cuarta despedida para este espacio virtual, espacio sin aroma y demasiado inmediato. No fue publicada, al igual que las anteriores.
Ahora, por fin, comprendo que acá no hay mucho que decir, que lo mejor es ir a mirar la plataforma de despegue, poner atención y estudiar a los pájaros, peces y frutas.
En los incendios del alma, hay cosas que se queman inevitablemente: le prendo fuego a esta bitácora virtual, aunque no sea inflamable y sus palabras no tengan la misma combustión de una libreta.
Escribiré con la pausa, con la vieja pluma y las manos entintadas.
Porque despedirme de este lugar no es despedirme: me voy sin mudarme, sólo caminaré. Decisión necesaria para avanzar junto a los pasos de estas hojas sueltas y estas pequeñas libretas que viven junto a mí.
No me despido de las palabras. Creo saber porque mis manos se mueven, porque el pensamiento se inquieta. Jean-Marie Guyau lo cantó: ¡Todo lo que nace en mí tiende a volar!
Adiós Anarchisto.








Aquí hay un montón de cosas que se han hecho familiares. Creo que extrañaré leer el recordatorio constante de un fondo sin sentido.
Semillas para tu viaje. Timón roto para tu velero.